
cantina mexicana La Mascota
“El reloj que hay detrás de la barra de El Nivel, la cantina más antigua de México, corre hacia atrás; una buena metáfora de la condición espiritual de dos de sus clientes la tarde de un sábado reciente. Cincuentones, desgreñados, sonrisas aturdidas en el rostro, se sientan abrazados, al mismo tiempo para guardar el equilibrio y, al parecer, en un gesto de solidaridad. Hay más de una docena de vasos vacíos en la mesa. Uno le dice al otro, en voz bastante alta para que resuene en toda la cantina:
Seas o no Domínguez,
No me chingues:
Estás pedo.
Domínguez quita su brazo del hombro del otro, lo desdeña con un amplio gesto y se levanta para ir al baño. Cuando se pone de pie, la mayor parte de los clientes de la cantina lo observan con atención, para ver si de veras llega a su destino. Milagrosamente, avanza en línea más o menos recta. Pero, justo antes de llegar a los sanitarios, tropieza y cae abruptamente al piso, como un elevador desprendido de sus cables. Un mesero con filipina lo levanta y lo devuelve a su asiento. Seguirá sirviéndole tragos.

cantina mexicana El Nivel
Aunque en su mayoría son establecimientos sin ostentación, iluminados con lámparas fluorescentes, de paredes encaladas salpicadas de azulejos y pintadas del color de las frutas tropicales, las cantinas en la ciudad de México tienen tanta personalidad como los pubs londinenses, los cafés parisinos o los bares de Nueva York. He estado en dos países (USA y Canada) y he bebido (con moderación) por regla en todos; las cantinas de México son sin disputa mis lugares favoritos para beber.

borracho de cantina
Y no es sólo por el espectáculo de sus clientes más borrachos. Tienen historia. La primera cantina se estableció en 1805 y tradición (los mexicanos están acostumbrados a beber en ellas, mientras que los bares a la usanza europea o norteamericana escasean aquí, casi siempre relegados al vestíbulo de los hoteles). Hay también entretenimiento, a cargo de músicos ambulantes, aunque su calidad varía considerablemente. Los trovadores decrépitos de Tío Pepe, cuyas guitarras se sostienen con cinta adhesiva, parecen mucho más interesados en beber que en tocar. En cambio, un trío angélico ameniza ciertas noches el Bar Montejo, y una elegante banda de cuatro integrantes anima La U de G. Este grupo, que incluye un violín lírico y un bandoneón apasionado, se encuentra tan a sus anchas tocando a Rossini como un bolero de Lara.
En un país que está lejos de ser igualitario, las cantinas son la institución más democrática. Cualquiera que pueda pagarse un trago (lo que limita estrictamente la población) es bienvenido. Las mejores acogen una población heterogénea: burócratas abotagados en trajes y corbatas de poliéster, a veces solos, a veces acompañados por mujeres demasiado maquilladas que a todas luces no son sus esposas. Bigotones de gastadas botas puntiagudas, que parecen bajados de un tractor en Sonora (y así huelen). Parejas de enamorados. De vez en cuando, una familia con niños gritones. Muchachos en onda, de mocasines y con aretes en la nariz, torsos descubiertos y tatuajes elaboradísimos. Hombres rapados como militares, que podrían ser judiciales, narcotraficantes o ambas cosas. Y una minoría evidente de extranjeros, profesores, periodistas, bohemios.
Hay algunas cantinas, como la bien llamada Dos Naciones, en las que si uno está solo todo lo que tiene que hacer es dejar la Nación Número Uno. Sube unas escaleras y en el segundo piso, en la Nación Número Dos, encuentra un grupo fascinante de mujeres prestas a brindarle compañía. (Casas de cita)

cantina mexicana la Opera
Quizá lo que mejor distingue a las cantinas es que son también grandes lugares para comer. En Nueva York, si uno es extremadamente afortunado, puede que el bartender le acerque un platito de cacahuates una vez que pagó su trago. En Madrid puede que le sirvan unas míseras anchoas o una tajada de jamón gratis con el jerez, pero tendrá que pagar por las buenas tapas. En Atenas, junto con el ouzo, probablemente le den unas aceitunas o una rebanada minúscula de queso. Pero no he visitado ciudad tan generosa con la comida que sirve a sus bebedores como el Distrito Federal.
Para disfrutar de la botana gratuita debe uno ir en la tarde, a la hora de la comida, digamos entre las dos y las cinco. Con frecuencia me asombro, a veces hasta la estupefacción, ante la abundancia, la cantidad y la calidad de los alimentos, por lo menos en ciertas cantinas. Por ejemplo, en La Mascota donde un mesero latoso insiste en rifar botellas de ron barato, había hace poco, siete platos disponibles. Probé la pancita, los sopes, las carnitas, las albóndigas en chipotle y el pollo en salsa verde. El mesero hubiera seguido trayendo cosas, pero yo me había dado por vencido.

cantina mexicana El Gallo de Oro
La Valenciana, cuyos avatares, según proclama, han ocupado varios domicilios desde 1911, sirve cotidianamente un menú de sopa, arroz y tres o cuatro guisados. El otro día me tocó mole de olla, tinga de pollo, salpicón, carne asada y chicharrón en salsa verde. Un mesero avejentado de bigote bien cortado me alentaba como una madre judía prototípica a servirme más, preocupado al parecer de que sufriera malnutrición.
Los meseros pueden llegar a indignarse francamente si piensan que no ha mostrado uno el respeto debido a su negocio. En la cantina La Auténtica y en unas dos horas y me inundé en un caudal de tequila y cerveza, de crema poblana, jugo de carne, carne tártara, chile en nogada, milanesa con papas y un “chamorrito” que, una vez consumido, parecía un hueso de dinosaurio. Tras el café y el ate con queso, pedí la cuenta. El mesero preguntó, ofendidísimo: “¿Tan pronto?”
Algunos de mis amigos mexicanos más jóvenes se quejan de que las cantinas ofrezcan un servicio tan completo, bebida, comida, música, espectáculo, mujeres y ficheras que los hace sentirse prisioneros, y prefieren ir de bar en bar, como es común en Nueva York y Europa. Una cantina en la colonia Condesa, sirve ostiones y cueritos en chile verde y si te pones hasta las manitas, antes de regresar a trabajar, te llaman un taxi o si prefieres te subes al segundo piso a dormir la mona. Si quieres dormir solo, no te cobran. Ah cantinas mexicanas, son una tradición inborrable!!
Escrito por “Mamilas“

canada pubs
Este texto fue extraido de un foro en internet, si eres el autor (apodado mamilas en el foro) nos sentiremos con gusto de poner tu nombre en el artículo.
Situación actual de la Cantina El Nivel
La cantina El Nivel, la cual era la cantina mas antigua de México, la cual contaba con la licencia 001 para vender aguardiente, vinos y licores que se le otorgó el 2 de febrero de 1855 actualmente esta cerrada desde enero del 2008, debido a problemas legales de propiedad.
La historia de los conflictos legales por El Nivel y el inmueble se remiten al sexenio de José López Portillo, cuando las entonces propietarias del mismo, Enrique Herrera de Jáuregui y Enriqueta Jáuregui Herrera, vendieron el local a la entonces Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas, por lo que años después el dueño de la licencia de El Nivel, Jesús Aguirre Villegas, entabló un juicio civil contra las autoridades federales reclamando la nulidad del contrato de compraventa.
En 1994, el gobierno federal, mediante la Secretaría de Desarrollo Social, transfirió el inmueble a la UNAM, por lo que la institución acudió en 2005 como primer interesado en el juicio de nulidad promovido por Aguirre Villegas, siéndole favorable la determinación judicial de propiedad.
De ese primer proceso legal, se informó en la UNAM, a la fecha sólo está pendiente por resolverse la apelación de Aguirre o su representación legal, lo cual analizan las autoridades competentes.
Debido a que el propietario de la licencia de la cantina no ha pagado las rentas correspondientes a la Universidad desde 1994, desde que se convirtió en dueña del sitio, en enero de 2006 la UNAM, mediante la oficina del abogado general Jorge Islas, inició un segundo proceso legal en contra de Jesús Aguirre Villegas, reclamando la terminación del contrato de arrendamiento que éste había celebrado con las anteriores propietarias del inmueble, solicitando, en consecuencia, la entrega del local donde se ubica la histórica taberna, cuyo registro es de 1855.
Sin embargo, este juicio se encuentra suspendido debido al fallecimiento de Jesús Aguirre Villegas, ya que aún no se ha designado a un representante de la sucesión con quien se pueda continuar el juicio de arrendamiento; debido a ello la propia UNAM tramitó en mayo de 2006 un juicio sucesorio para que las autoridades judiciales designen al representante del ahora finado.
Aunque pareciera que pudiera abrirse en algún momento la cantina nuevamente al arreglarse el proceso legal, los funcionarios de la UNAM aseguraron, por otro lado, que de resolverse el juicio de arrendamiento en favor de la universidad, las autoridades de esa casa de estudios no estarían de acuerdo en arrendar o mantener un local en el que se expendan bebidas alcohólicas.
Asimismo, en la torre de Rectoría se informó que hasta el momento la institución no ha recibido de manera oficial el documento en el que los defensores de la cantina, encabezados por la asociación Gastrónomos Unidos por la Libertad y el Arte (GULA), solicitarían al rector José Narro Robles y a los integrantes del Consejo Universitario que la UNAM reconsidere que la taberna no sea cerrada, debido a su “valor histórico”.
El documento, firmado por las decenas de asistentes al Mitin Chelero, en el que se solicita, entre otros puntos, que el rector y los consejeros extiendan el permiso correspondiente para que ese inmueble, “parte del Centro Histórico, permanezca como CANTINA y siga llamándose El Nivel”.
Consultados al respecto, algunos consejeros universitarios señalaron que si bien el futuro del inmueble es una decisión meramente administrativa de la universidad, debido al “valor histórico” de El Nivel, el tema tendría que discutirse en el seno el consejo, tal y como lo propusieron los manifestantes.
Así que habrá que esperar con el tiempo que sucede con la cantina el Nivel, que en su interior guarda 156 años de historia. En mi opinión respeto la posición de la UNAM al querer seguir manteniendo su carácter academico y de preservación de obras arquitectonicas, pero ante esto hemos de recordar que la cantina El Nivel era una cantina en uso, no era una parte de la historia que se quedo en el pasado y requiere preservarse, ES UNA PARTE DE LA HISTORIA QUE SEGUIA VIVA Y REQUERIA MANTERSE VIVA, POCAS COSAS SE MANTIENEN A LO LARGO DE LA HISTORIA COMO LO QUE FUERON DESDE UN PRINCIPIO, y cuando se logra eso es invaluable.
Esperemos proximamente tengamos nuevamente nuestra CANTINA MAS ANTIGUA DE MÉXICO.
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